lunes, 7 de marzo de 2011

El sofá rojo

Hacía tiempo que no conseguía encontrar tanta tranquilidad como en aquel momento. Tumbada en aquel sofá rojo de polipiel, lo único que permitía mi reducido presupuesto de entonces, con una música relajante me quedé mirando fijamente el techo. No pensé en nada. Mi mente se había paralizado. Me quedé dormida.
Al despertar alguna hora más tarde, la tarde había caído y el CD se había parado. Un silencio recorría toda la casa. El tráfico parecía haber desaparecido y mi mente seguía paralizada. No podía moverme, mi cabeza intentaba dar órdenes pero mi cuerpo no respondía. Todo el cansancio que había acumulado se estaba manifestando.
Era una sensación de tranquilidad ideal.
De repente, me sobresalté. Había empezado a vibrar el móvil. Su pantalla destelleante me mostraba el nombre de una de mis amigas, no tenía ganas de hablar con nadie. Sólo quería que todo volviese a esa calma en la que había sucumbido.
Al rato, oí el ruido estruendoso de una moto y otro rato más tarde un coche y así poco a poco todo volvió a su sitio natural.
Me levanté con gran esfuerzo de aquel reposo “rojo” que había conseguido y me dirigí a la cocina, cogí del segundo estante del mueble central aquella taza que me regalaron en uno de mis cumpleaños, la llené de agua e introduje un sobre de infusión. La metí en el microondas los 130 segundos reglamentarios en los que yo había decidido que era el tiempo idóneo para conseguir un té aromatizado perfecto y esperé.
Mi día de tranquilidad casi había concluido cuando volvió a vibrar el móvil. Era un sms: “hemos quedado este miércoles a cenar las chicas. Si te apuntas, avísame y reservamos donde siempre”.
Y así, todo volvía ser como era.

martes, 15 de febrero de 2011

Lo cotidiano

Mi principal meta era llegar al trabajo y encontrarme con él mientras aparcábamos los coches.
Saludarnos.
Pocas veces lo conseguía. Unas veces me adelantaba yo, otras él.
Lo siguiente era llegar hasta la máquina de café y si no había cola meter la moneda, pulsar “Café cortado” mientras iba a guardar el Tupper en la nevera. Recogía mi café, lo dejaba en el mismo sitio de siempre de mi escritorio y me iba a lavar las manos al baño.
Volvía y ya recogía todo lo que había dejado por la mesa y la silla: la chaqueta, el bolso, la cartera abierta tras haber cogido la moneda del café, las gafas, las llaves del coche, la bolsa donde llevaba cada día el Tupper. Lo guardaba minuciosamente todo y lo colgaba en el perchero de la pared de enfrente, detrás de mi jefe.
Me sentaba e introducía las claves de acceso al ordenador. Mientras tanto, sacaba mis bolis+rotuladores fosforescentes+lápiz del segundo cajón que guardaba atados con una goma para que no se desperdigaran. Los colocaba como siempre en los dos botes: uno con la etiqueta de Frágil donde ponía los rotuladores y el otro con un toro que compré en una tienda de chinos, donde ponía los bolis.
Empezaba a abrir los programas con los que trabajaba.
Y así iniciaba mi jornada laboral.
La gente unas veces sólo abría la puerta y daba los Buenos días, otras veces entraban y comentaban algo y yo sólo esperaba a ver en qué momento llegaba él.
Últimamente, se retrasaba mucho, pasados unos minutos de las 8.00h hacía su aparición. Depende lo que tuviese planificado para ese día entraba al despacho para comentar algo o bien sólo abría la puerta y daba los buenos días, en ocasiones hasta me dedicaba un guiño.  Entonces mi día comenzaba. Me podía dar por satisfecha.
Ahora quedaba esperar hasta la tarde a que volviera y se repitiera el mismo ritual. Mientras esa tarde llegaba, esperaba una llamada telefónica que diera pie a algún chiste simple que nos mantuviera conectados. No siempre se daba tal circunstancia así que había que esperar a que volviese de su jornada laboral y poder encontrar un mínimo espacio de tiempo en que poder comentar algo. Unas veces nos comportábamos más formales por estar rodeados de gente y otras, algo más desenfadados por conseguir quedarnos solos en el despacho.
Y así un día tras otro.

jueves, 10 de febrero de 2011

El hombre pequeño que no miraba a los ojos

Cuando lo conocí me pareció un tanto frío. Apenas entendía bien lo que decía ya que no vocalizaba y hablaba muy bajito. Tenía una voz que parecía perderse en la habitación, una voz como ahogada.  Un hombre gordito y mucho más bajito que yo. 
Antes de presentármelo ya me habían contado un poco su historia. Él era jefe de ese departamento, pero por motivos diversos ahora correspondía a otro. Había estado casi toda su vida laboral al frente de aquel despacho y bla, bla, bla. Todavía recuerdo cómo me miraba de reojo cuando nos presentaron.
Al poco tiempo volvió al despacho. Como jefe, claro.
Durante una temporada estuve aprendiendo.  Había buena comunicación tanto laboral como personal. Creo que trabajábamos bien. Ahora también, pero más forzado. Llegó en varias ocasiones a felicitarme y agradecerme el trabajo que estaba haciendo. Hoy pienso que eran formalismos.
Lo defendí porque pensé que era un hombre bueno.
Las cosas fueron cambiando.
Ahora sólo pienso que es un pobre hombre sin Valor. Tiene miedo a enfrentarse a los problemas y los deja arrinconados hasta que un día estallan.
Nunca olvidaré aquella mañana que llegué antes que nadie para expresarle lo que opinaba tras uno de esos estallidos y él, sentado desde su silla desgastada de respaldo alto ni siquiera me miró para contestarme. No despegó su mirada de aquella pantalla de 19’’ que era lo que identificaba al jefe del resto, que teníamos pantallas de 15’’.
Su respuesta fue simple y tajante: “esa es tu opinión”.  Y así zanjó la conversación que intenté tener con él.
Decepción fue lo único que sentí en aquel momento. Sentí haber echado por la borda muchos momentos, muchas defensas, muchos esfuerzos por hacerlo bien, muchas horas de trabajo no remuneradas, pero sobre todo mucha decepción por aquel hombre pequeño que pensé que me escucharía ya que jamás había dicho nunca nada. 
Hoy mi decepción se ha convertido en Indiferencia.

miércoles, 9 de febrero de 2011

El sol de invierno

Me dirigía a mi casa, aquella casa donde había pasado tantos años, tantas vivencias, tantos recuerdos. No me había mudado muy lejos, tan sólo un pequeño trayecto en coche. Sonaba el último disco de Jorge Drexler que me había regalado. Mi coche marcaba 14º y un dulce sol me iba acompañando todo el trayecto.
Es verdad que son las cosas pequeñas las que nos hacen sentirnos felices. Había olvidado este sol de invierno. Había olvidado lo perfecto que era salir una mañana luciendo el sol, calentándote e iluminándote. Era increíble pero lo había olvidado. Estar todo el día metida en una oficina con luz artificial y una ventana encarada hacia el norte es lo que hace olvidar.
Mientras cambiaba de carril, reducía marchas, aceleraba, frenaba, otro semáforo, un paso de cebra, una moto que quiere adelantarme por el arcén iba invadida por este sol espectacular. Y recordaba mi casa, siempre soleada. Ventanas bien abiertas para que entrara esa luz del día y sentada en una butaca para que te acompañara parte de la sobremesa. Lo había olvidado.
Efectivamente, mi nueva casa era bonita pero sombría en invierno. 
Los días de lluvia habían pasado y era el momento de este sol de invierno.

martes, 8 de febrero de 2011

El reloj

Miré la hora en aquel reloj negro que estaba sobre la mesita de noche y me di cuenta que era demasiado tarde para ir, demasiado tarde para volver, demasiado tarde para olvidar, demasiado tarde para corregir las palabras que salieron y las que quedaron dentro.
Me giré intentando volver a dormirme.
No lo conseguí.
Utilicé mil trucos: pensar en blanco, imaginar un espacio ideal, respirar profundamente para relajarme, me levanté para ir a la cocina a beber un vaso de agua, poco después me levanté para ir al baño.
No pude dormir.
Entonces me di cuenta que llegó el momento en el que debía tomar decisiones, o al menos intentar aclarar lo que quería. Había confusiones en mí que me acompañaban día y noche.
El amor, el trabajo, ese otro amor platónico que cada día me alentaba más, dónde vivir, el ir de aquí para allá…
No me entiendo. Siempre he sido cabal y ahora estoy perdida en un laberinto.
Camino buscando mi salida.

lunes, 7 de febrero de 2011

La caja verde de ikea

Era uno de esos domingos perfectos. Había dormido todo lo necesario y más, había desayunado tranquilamente frente a aquella ventana de la cocina donde veía el tranvía pasar mientras un sol cálido de invierno me seducía. Entonces pensé, es el momento perfecto para ordenar.
Manos a la obra, me dispuse a poner orden a todos aquellos libros que estaban esperándome desde hacía algún tiempo después de ser leídos. Querían volver a aquellas estanterías. Luego pasé a rebuscar entre los cajones para desechar lo que no usaba (que era mucho) y organizar lo que sí utilizaba (que actualmente, era más bien poco).
Y llegó el momento. Encontré la caja verde que había comprado algunos años atrás en ikea. Aquella caja verde era mi particular baúl de los recuerdos. Allí iban a parar todas las cartas recibidas, las fotos sin álbum, las notas bonitas, las postales, las tarjetas de felicitación, colgantes, pulseras, TODO lo que suponía algo importante en mi vida.
Cada vez que encontraba algo, iba asombrándome de lo que era capaz de guardar, iba montando en mi cabeza toda mi vida. Aquellos pequeños momentos reunidos allí suponían un gran puzzle que durante todo este tiempo me habían construido.
Fue entonces cuando me di cuenta de cuánto tiempo había pasado, de cuánto me había reído y cuánto también, había llorado. De la gente que seguía  a mi lado y la que quedó por el camino.  Sus frases, sus miradas, sus caricias...
Es increíble.
Lloré, lloré mucho, hacía muchísimo tiempo que no lo hacía y después vino la calma.
El sol seguía abrazándome. Iluminaba toda la habitación.
Volví a dejar todo aquello en la caja verde de ikea tal como lo había encontrado, ocupando cada mínimo espacio de aquél baúl de mis recuerdos.

jueves, 3 de febrero de 2011

La amiga

-Disculpe, me habré equivocado. Y finalicé la llamada.
Me quedé mirando unos instantes la pantalla del móvil con cara extrañada. No comprendía nada. Aquél nº de móvil lo tenía desde hacía una eternidad y aunque últimamente no manteníamos ningún contacto, siempre pensé que si lo cambiaba, me avisaría.
La conocí en el colegio pero fue años después cuando coincidiendo en el instituto estrechamos más los lazos y podría decirse que nos convertimos en amigas. Aunque cada una siguió una rama distinta (ciencias y letras) y más tarde en la universidad, siempre mantuvimos el contacto. Quizá menos de lo que a mí me hubiera gustado pero pese a todo llegamos a esa amistad tan fuerte en la que con sólo mirarnos entendíamos lo que queríamos decir. Coincidíamos en opiniones y nos apoyábamos cuando las cosas iban mal.
Todavía recuerdo cuando en mi primer coche hablábamos de amores imposibles y qué desafortunadas éramos. Cuántas charlas, cuántos  momentos, cuántos cumpleaños y navidades juntas.
Qué pasó? Todavía no lo sé. Simplemente pasó, el tiempo fue abordando cada uno de los momentos que teníamos y las llamadas sin contestación, los mails sin respuesta y los sms perdidos en la inmensidad fueron lo habitual.
Pasado algún tiempo pensaba, quizá sea yo que soy algo exigente y no ha tenido tiempo, no ha podido... volvía a llamar o intentar comunicarme y entonces es cuando me arrepentía de haberlo hecho ya que seguía todo igual.
Y así hasta ahora, cuando fui a llamar y ese nº ya no le pertenecía.