Hacía tiempo que no conseguía encontrar tanta tranquilidad como en aquel momento. Tumbada en aquel sofá rojo de polipiel, lo único que permitía mi reducido presupuesto de entonces, con una música relajante me quedé mirando fijamente el techo. No pensé en nada. Mi mente se había paralizado. Me quedé dormida.
Al despertar alguna hora más tarde, la tarde había caído y el CD se había parado. Un silencio recorría toda la casa. El tráfico parecía haber desaparecido y mi mente seguía paralizada. No podía moverme, mi cabeza intentaba dar órdenes pero mi cuerpo no respondía. Todo el cansancio que había acumulado se estaba manifestando.
Era una sensación de tranquilidad ideal.
De repente, me sobresalté. Había empezado a vibrar el móvil. Su pantalla destelleante me mostraba el nombre de una de mis amigas, no tenía ganas de hablar con nadie. Sólo quería que todo volviese a esa calma en la que había sucumbido.
Al rato, oí el ruido estruendoso de una moto y otro rato más tarde un coche y así poco a poco todo volvió a su sitio natural.
Me levanté con gran esfuerzo de aquel reposo “rojo” que había conseguido y me dirigí a la cocina, cogí del segundo estante del mueble central aquella taza que me regalaron en uno de mis cumpleaños, la llené de agua e introduje un sobre de infusión. La metí en el microondas los 130 segundos reglamentarios en los que yo había decidido que era el tiempo idóneo para conseguir un té aromatizado perfecto y esperé.
Mi día de tranquilidad casi había concluido cuando volvió a vibrar el móvil. Era un sms: “hemos quedado este miércoles a cenar las chicas. Si te apuntas, avísame y reservamos donde siempre”.
Y así, todo volvía ser como era.
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