jueves, 10 de febrero de 2011

El hombre pequeño que no miraba a los ojos

Cuando lo conocí me pareció un tanto frío. Apenas entendía bien lo que decía ya que no vocalizaba y hablaba muy bajito. Tenía una voz que parecía perderse en la habitación, una voz como ahogada.  Un hombre gordito y mucho más bajito que yo. 
Antes de presentármelo ya me habían contado un poco su historia. Él era jefe de ese departamento, pero por motivos diversos ahora correspondía a otro. Había estado casi toda su vida laboral al frente de aquel despacho y bla, bla, bla. Todavía recuerdo cómo me miraba de reojo cuando nos presentaron.
Al poco tiempo volvió al despacho. Como jefe, claro.
Durante una temporada estuve aprendiendo.  Había buena comunicación tanto laboral como personal. Creo que trabajábamos bien. Ahora también, pero más forzado. Llegó en varias ocasiones a felicitarme y agradecerme el trabajo que estaba haciendo. Hoy pienso que eran formalismos.
Lo defendí porque pensé que era un hombre bueno.
Las cosas fueron cambiando.
Ahora sólo pienso que es un pobre hombre sin Valor. Tiene miedo a enfrentarse a los problemas y los deja arrinconados hasta que un día estallan.
Nunca olvidaré aquella mañana que llegué antes que nadie para expresarle lo que opinaba tras uno de esos estallidos y él, sentado desde su silla desgastada de respaldo alto ni siquiera me miró para contestarme. No despegó su mirada de aquella pantalla de 19’’ que era lo que identificaba al jefe del resto, que teníamos pantallas de 15’’.
Su respuesta fue simple y tajante: “esa es tu opinión”.  Y así zanjó la conversación que intenté tener con él.
Decepción fue lo único que sentí en aquel momento. Sentí haber echado por la borda muchos momentos, muchas defensas, muchos esfuerzos por hacerlo bien, muchas horas de trabajo no remuneradas, pero sobre todo mucha decepción por aquel hombre pequeño que pensé que me escucharía ya que jamás había dicho nunca nada. 
Hoy mi decepción se ha convertido en Indiferencia.

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