miércoles, 9 de febrero de 2011

El sol de invierno

Me dirigía a mi casa, aquella casa donde había pasado tantos años, tantas vivencias, tantos recuerdos. No me había mudado muy lejos, tan sólo un pequeño trayecto en coche. Sonaba el último disco de Jorge Drexler que me había regalado. Mi coche marcaba 14º y un dulce sol me iba acompañando todo el trayecto.
Es verdad que son las cosas pequeñas las que nos hacen sentirnos felices. Había olvidado este sol de invierno. Había olvidado lo perfecto que era salir una mañana luciendo el sol, calentándote e iluminándote. Era increíble pero lo había olvidado. Estar todo el día metida en una oficina con luz artificial y una ventana encarada hacia el norte es lo que hace olvidar.
Mientras cambiaba de carril, reducía marchas, aceleraba, frenaba, otro semáforo, un paso de cebra, una moto que quiere adelantarme por el arcén iba invadida por este sol espectacular. Y recordaba mi casa, siempre soleada. Ventanas bien abiertas para que entrara esa luz del día y sentada en una butaca para que te acompañara parte de la sobremesa. Lo había olvidado.
Efectivamente, mi nueva casa era bonita pero sombría en invierno. 
Los días de lluvia habían pasado y era el momento de este sol de invierno.

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