Era uno de esos domingos perfectos. Había dormido todo lo necesario y más, había desayunado tranquilamente frente a aquella ventana de la cocina donde veía el tranvía pasar mientras un sol cálido de invierno me seducía. Entonces pensé, es el momento perfecto para ordenar.
Manos a la obra, me dispuse a poner orden a todos aquellos libros que estaban esperándome desde hacía algún tiempo después de ser leídos. Querían volver a aquellas estanterías. Luego pasé a rebuscar entre los cajones para desechar lo que no usaba (que era mucho) y organizar lo que sí utilizaba (que actualmente, era más bien poco).
Y llegó el momento. Encontré la caja verde que había comprado algunos años atrás en ikea. Aquella caja verde era mi particular baúl de los recuerdos. Allí iban a parar todas las cartas recibidas, las fotos sin álbum, las notas bonitas, las postales, las tarjetas de felicitación, colgantes, pulseras, TODO lo que suponía algo importante en mi vida.
Cada vez que encontraba algo, iba asombrándome de lo que era capaz de guardar, iba montando en mi cabeza toda mi vida. Aquellos pequeños momentos reunidos allí suponían un gran puzzle que durante todo este tiempo me habían construido.
Fue entonces cuando me di cuenta de cuánto tiempo había pasado, de cuánto me había reído y cuánto también, había llorado. De la gente que seguía a mi lado y la que quedó por el camino. Sus frases, sus miradas, sus caricias...
Es increíble.
Lloré, lloré mucho, hacía muchísimo tiempo que no lo hacía y después vino la calma.
El sol seguía abrazándome. Iluminaba toda la habitación.
Volví a dejar todo aquello en la caja verde de ikea tal como lo había encontrado, ocupando cada mínimo espacio de aquél baúl de mis recuerdos.
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