lunes, 26 de diciembre de 2011

La Navidad

Quizá sea por las luces, por el ambiente de felicidad fingida (en algunos), pero creo que sobre todo porque finalizamos un año, había decidido escribir unas letras. Hacer un recuento de lo que había pasado.
El año anterior también lo había hecho. Porque al fin y al cabo no costaba nada agradecer lo que habían hecho por mí ante los problemas que nos aparecían a diario.
Este año lo repetí, estuve dándole vueltas y pensando qué poner y cómo enfocarlo. Estaba algo distraída en inspiración, pero finalmente, conseguí sacar algo medianamente de provecho.
Escribí a varios compañeros (pocos pero buenos) mi agradecimiento a tantas horas juntos y esfuerzos compartidos. Era mi deber.
Entonces decidí escribirle también a él, rebusqué su correo y envié mi carta navideña.  De momento, no ha habido respuesta.
Y esperando la cuenta atrás para el nuevo año.
FELIZ AÑO NUEVO.

lunes, 1 de agosto de 2011

Las Dudas

Pegada a aquella ventana cerrada y con mi gran taza de café con leche en la mano buscaba alguna respuesta. Últimamente buscaba respuestas a todo. ¿Por qué sí? ¿Por qué no? ¿Por qué ha cambiado esto de repente? ¿Por qué esto otro permanece inamovible?. Estaba confusa. Sabía que quería mejorar, como profesional, como persona, como pareja o como futura madre. Pero no sabía por dónde empezar. Quizá esto fuera esa “crisis” de las décadas que cada uno cumple y tal vez como mi fecha estaba próxima, hacía ligero balance de lo conseguido y de lo no encontrado.
Afortunadamente empezó a brillar el sol entre aquélla maraña de nubes que parecía iban a nublarnos el verano por toda una vida. Empezó a brillar la cristalera de enfrente y empezaron a verse el verde de las hojas de los árboles, el brillo de los coches tras una noche de lluvia.  Iba apareciendo la gente andando por la acera con sus paraguas cerrados.
Abrí la ventana para que aquella luz cálida entrara por toda la casa. Se echaba de menos tras tantos días sin ella. Dejé mi taza vacía de café con leche y entonces decidí que lo mejor era darme una ducha y bajar a la calle en busca de un paseo que me acompañara. Tal vez tantos días sin sol nublaban también mis pensamientos. Tal vez encontrara una nueva oportunidad profesional donde me sintiera mejor, mientras tanto, tenía algo. Intentaba ser mejor persona cada día y quizá en algún momento del día consiguiera hacer algo bueno por alguien y me hiciera sentir bien. Tal vez el día de mañana o más próximo fuera una madre capaz de afrontar todas las dificultades y sólo tal vez consiguiera crecer. Sólo sé que únicamente yo debo trabajarlo y conseguirlo. Estaba segura de ello. Era cuestión de esperar que el tiempo empezara a cambiar para guardar mi paraguas.

lunes, 13 de junio de 2011

El discurso

Tomé un pequeño trago de aquella copa de vino blanco que sirvieron para hacer tiempo, cogí mis tarjetas perfectamente ordenadas, me coloqué las tiras de aquellas sandalias carísimas y preciosas pero a la vez casi insoportables y me levanté decidida hacia aquel improvisado escenario. Dos peldaños sobre el resto.
Buenas noches a todos los aquí presentes”, un nerviosismo todavía controlado sacudía mi pulso.
Una pantalla detrás de mí mostraba esa maravilla del arte de Botticelli, El nacimiento de Venus. Nos habían dicho que podíamos proyectar lo que quisiéramos e incluso, ambientar con música nuestra presentación. Yo me incliné por únicamente proyectar. Poner música era distraer al personal allí reunido.
En primer lugar, quiero agradecer vuestra asistencia a este primer evento que se ha decidido convocar y donde, como sabéis todos, me han seleccionado como finalista.  Desde luego que para mí es toda una proeza haber llegado hasta este punto y que tanto los que me conocéis como lo que no, habéis seleccionado mi relato. Muchas gracias a todos. Incluso a los que no lo hayan seleccionado, entiendo que aún así lo han leído.  Hoy he decidido ilustrar mi pequeño discurso con esta obra de arte, El nacimiento de Venus.” Continué dando las gracias una vez más, explicando la finalidad de aquel relato y la de mi participación en tal concurso. Miraba de vez en cuando las caras de aquella gente sentada en las primeras mesas y algunos del fondo. Algunos miraban atentos, algunos otros cuchicheaban pero no me quitaban ojo. De alguna forma extraña, había conseguido calmarme y me sentía hasta algo cómoda allí arriba. Conocía a la gran mayoría allí sentada pero nunca había hecho nada parecido y mucho menos, había hablado en público.
Acabé mi exposición con una amplia sonrisa de satisfacción. Satisfacción por haber conseguido pasar estoicamente aquellos minutos sobre un estrado y satisfacción por haber logrado llegar al final de un concurso literario, modesto, pero al fin y al cabo, concurso literario.
Me llevé el segundo premio.
Conseguí mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.

martes, 31 de mayo de 2011

La noche

El calor ya no sólo acompañaba al día sino que también empezaba a formar parte de alguna noche. Es cierto, estábamos en plena revolución de cambio de estación o como quiera llamarse y las altas y altísimas temperaturas se enredaban con algún que otro día nublado y frío.
Yo seguía tomando mi manzanilla después de cenar, ahora la preparaba mucho tiempo antes para que fuera templándose y las noches más calurosas, después de terminar los quehaceres diarios me sentaba en la terraza con mi taza en la mano y pasaba allí un rato.
Como si se tratara de una “voiyer” observaba las ventanas de los vecinos iluminadas con la luz blanca de las cocinas, las sombras de idas y venidas de sus propietarios, los ruidos de las teles, el ruido de las cacerolas, platos, etc. Y a mí no me veía nadie. Oía el pasar de los coches y alguna moto escandalosa. Las músicas cambiantes que algún mequetrefe de turno obligaba a oír con sus ventanillas bajadas y el sonido a todo trapo. Si miraba al cielo no veía nada, a menos que fuera noche donde la luna se enseñara. Tanta vida de ciudad había casi hecho olvidar lo que eran las noches estrelladas (casi ya un recuerdo en lugar de una realidad). La leve brisa que conseguía arrancarse traía también el olor de plantas diversas: distinguía algún jazmín lejano, hierbabuena y albahaca (de mis macetas). Y yo sentada en la oscuridad, disfrutando de todo aquel ajetreo nocturno que marcaba el ritmo diario.

jueves, 28 de abril de 2011

El yo

Y me preguntó cómo era yo, cómo me describiría y no supe qué contestar. Me quedé muda. Intenté cambiar el rumbo de la conversación y unos minutos después me despedí.
Durante el trayecto a casa me quedé con aquéllas preguntas revoloteando en mi cabeza. Es cierto, no sabía qué contestar. Muchas veces me he sentido segura de las decisiones tomadas, he ido capeando el temporal según aparecían las dificultades y he ido escogiendo cuando debía hacerlo.  Pero describirme, así de una manera objetiva me había dejado bloqueada. Además, ¿a qué venía esa pregunta?, no entendía por qué él, con el tiempo que nos conocíamos hacía tales averiguaciones como si de dos desconocidos se tratara. Debía saber ya cómo era yo, cómo respondería ante sus miradas, sus comentarios pero también debía saber que yo nunca había hablado así de mí. Ahora ¿por qué?.
El día empezaba a nublarse y yo también.
¿Quién era yo?.  Yo era de esas mujeres a las que les gusta ir arregladas en casi todo momento, que prefiere madrugar un poco para darse una ducha antes de salir de casa y maquillarse un poco, era una mujer sin excesos en la vestimenta, excepto cuando me sentía con ganas de guerra, entonces sacaba mis altos tacones y ceñía mi cuerpo con algún vestido que resaltara mis atributos femeninos.  Y creo que lo hacía mejor que nadie. Era de esas mujeres prudentes y con grandes dotes de diplomacia, pero a la vez una mujer guerrera si lo requería el momento y el lugar. Era una mujer educada y justiciera. Me gustaba el coqueteo y hacer uso el lenguaje gestual que todas utilizamos en determinados momentos. Era generalmente, la amiga, la hermana, la compañera pero también era la amante, la divertida, la alocada.
¿Era eso lo que buscaba él o acaso prefería otro tipo de respuesta?
Encendí la radio en busca de alguna emisora que sólo tuviese música y la dejé sonar por toda la casa.

miércoles, 6 de abril de 2011

Mi Tiempo

Estaba sentada frente a la pantalla del ordenador intentando dar comienzo a alguna historia junto a mi infusión, hoy tocaba manzana con canela, cuando me sobresaltó aquella melodía del móvil. Era una amiga. Por un momento iba a dejarlo sonar, pero decidí atender la llamada.
Estuvimos hablando un rato largo. Con ella las conversaciones siempre eran largas.
Cuando colgué me quedé pensativa. Aquella chica que siempre fue guapa, alta y para más inri , elegante, esperaba su primer hijo. En realidad era una niña todavía sin nombre con una futura habitación en rosa palo y blanco. Pero sobre todo era una niña muy deseada por todos, incluso por mí que cada vez que la veía le hablaba para que se acostumbrara a esta tía postiza.
Me quedé pensativa porque veía cómo iba sucediendo todo tan rápidamente. Nos conocíamos desde el instituto y seguimos la amistad a pesar de los horarios, de las parejas y de las idas y venidas de la vida. Empecé entonces a recapacitar qué pasaba conmigo. Veía cómo la gente de alrededor iba poco a poco construyendo sus vidas y yo ni siquiera había empezado. Ni siquiera sabía en qué punto estaba. También es cierto que no me había detenido a meditarlo, iban pasando las horas, los días, las semanas, los meses y los años. Los años. A pesar de todo ello yo recordaba con perfección muchas de las anécdotas del instituto, después de la facultad y después de cada trabajo en los que he estado. Y todo había sucedido tan rápido y yo me sentía tan igual que apenas había reparado en que había quedado algo anclada. En que parecía que mi vida había quedado inmóvil y repetitiva. Me limitaba a levantarme los 5min después a sonar el despertador, asearme e ir a por mi café con leche siempre puesto en la misma taza que me recordaba aquel viaje. Me dirigía la  ducha y tras ella a vestirme, maquillarme, secarme el pelo, hacer la cama y coger el bolso para marcharme al trabajo.
Era todo metódico y ordenado. Era todo siempre igual. Y así un día y otro.
Vivía sola pero en realidad poco disfrutaba de ello, tantas horas en el trabajo y luego yendo a comprar, preparar la cena y la comida para el día siguiente poco respiro dejaban en aquellos días de semana. Cada vez era menos consciente de cómo pasaban los meses y yo seguía igual. La gente se iba casando, iban quedando embarazad@s, iban separándose, se cambiaban de coche o de casa y yo seguía ahí: Sin casarme, sin hijos, sin cambiar de coche ni de casa.
Quería construir pero no me quedaba tiempo para hacerlo. Mi tiempo parecía un reloj sin pilas, marcando siempre la misma hora.
Construir, ese debía ser el lema. El cómo, era más difícil de encontrar.
Apagué el ordenador, me levanté de la silla y al salir de la habitación apagué la luz.

martes, 29 de marzo de 2011

El cambio de hora

Llegaba el primer amanecer tras el cambio de hora de la primavera. El sol estaba buscando su sitio a pasos agigantados, me levanté de aquella cama revuelta. Él seguía profundamente dormido a pesar de que los rayos de sol empezaban a ser cada vez más manifiestos en aquella habitación. Busqué mi ropa entre las sábanas, la butaca y el escritorio que por algún extraño motivo siempre decoraban las habitaciones de hotel, cuando en realidad nunca he conocido a nadie que hiciera uso de ellos. Fui sigilosamente al cuarto de baño e intenté recuperar mi aspecto habitual. Recogí mi pelo con una coleta, lavé mi cara y los dientes con todos los productos de cortesía que estaban en aquella cesta y acabé de vestirme.
Había sido una noche interesante.
Yo no era ese tipo de mujer fatal que conseguía  a los hombres con un solo pestañeo, más bien al contrario, pero aquella noche me sentía segura. Y no hay nada mejor que una mujer segura de sí misma. Tras una semana agotadora de trabajo conseguí reunirme con algunas amigas y nos fuimos a cenar. El vino, los chupitos tras el postre y algún cubata en los locales de moda hicieron el resto.  Aquel chico rubio que me crucé en la discoteca fue el culmen de una noche divertida. No recuerdo muy bien lo que me dijo, el chisporroteo de mi cabeza, mi risa contagiosa y la música alta contribuyeron a que mi recuerdo quede algo difuso de aquella mini-conversación. Empezamos a besarnos y se desató la pasión. Una excitación convulsa recorría todo mi cuerpo y creo que algo en él también. Tras estar un rato jugando con nuestras lenguas, cogimos un taxi y nos fuimos a un hotel cercano. Saludé apresuradamente a mis amigas y me marché.
Durante el corto trayecto supe que se llamaba Pablo, era algo más joven que yo, estaba trabajando en una empresa bastante fuerte del sector financiero y era tremendamente atractivo. Unos ojos azules enmarcados en unas largas y pobladas pestañas acompañaban a un físico espectacular.
Seguimos jugando hasta no sé qué hora. Caímos rendidos.
Cuando llegué a casa, me preparé un gran café con leche, una tostada y frente a mi iluminada ventana de la cocina, empecé a desayunar. Mi día había comenzado y me sentía mejor que nunca.

lunes, 7 de marzo de 2011

El sofá rojo

Hacía tiempo que no conseguía encontrar tanta tranquilidad como en aquel momento. Tumbada en aquel sofá rojo de polipiel, lo único que permitía mi reducido presupuesto de entonces, con una música relajante me quedé mirando fijamente el techo. No pensé en nada. Mi mente se había paralizado. Me quedé dormida.
Al despertar alguna hora más tarde, la tarde había caído y el CD se había parado. Un silencio recorría toda la casa. El tráfico parecía haber desaparecido y mi mente seguía paralizada. No podía moverme, mi cabeza intentaba dar órdenes pero mi cuerpo no respondía. Todo el cansancio que había acumulado se estaba manifestando.
Era una sensación de tranquilidad ideal.
De repente, me sobresalté. Había empezado a vibrar el móvil. Su pantalla destelleante me mostraba el nombre de una de mis amigas, no tenía ganas de hablar con nadie. Sólo quería que todo volviese a esa calma en la que había sucumbido.
Al rato, oí el ruido estruendoso de una moto y otro rato más tarde un coche y así poco a poco todo volvió a su sitio natural.
Me levanté con gran esfuerzo de aquel reposo “rojo” que había conseguido y me dirigí a la cocina, cogí del segundo estante del mueble central aquella taza que me regalaron en uno de mis cumpleaños, la llené de agua e introduje un sobre de infusión. La metí en el microondas los 130 segundos reglamentarios en los que yo había decidido que era el tiempo idóneo para conseguir un té aromatizado perfecto y esperé.
Mi día de tranquilidad casi había concluido cuando volvió a vibrar el móvil. Era un sms: “hemos quedado este miércoles a cenar las chicas. Si te apuntas, avísame y reservamos donde siempre”.
Y así, todo volvía ser como era.

martes, 15 de febrero de 2011

Lo cotidiano

Mi principal meta era llegar al trabajo y encontrarme con él mientras aparcábamos los coches.
Saludarnos.
Pocas veces lo conseguía. Unas veces me adelantaba yo, otras él.
Lo siguiente era llegar hasta la máquina de café y si no había cola meter la moneda, pulsar “Café cortado” mientras iba a guardar el Tupper en la nevera. Recogía mi café, lo dejaba en el mismo sitio de siempre de mi escritorio y me iba a lavar las manos al baño.
Volvía y ya recogía todo lo que había dejado por la mesa y la silla: la chaqueta, el bolso, la cartera abierta tras haber cogido la moneda del café, las gafas, las llaves del coche, la bolsa donde llevaba cada día el Tupper. Lo guardaba minuciosamente todo y lo colgaba en el perchero de la pared de enfrente, detrás de mi jefe.
Me sentaba e introducía las claves de acceso al ordenador. Mientras tanto, sacaba mis bolis+rotuladores fosforescentes+lápiz del segundo cajón que guardaba atados con una goma para que no se desperdigaran. Los colocaba como siempre en los dos botes: uno con la etiqueta de Frágil donde ponía los rotuladores y el otro con un toro que compré en una tienda de chinos, donde ponía los bolis.
Empezaba a abrir los programas con los que trabajaba.
Y así iniciaba mi jornada laboral.
La gente unas veces sólo abría la puerta y daba los Buenos días, otras veces entraban y comentaban algo y yo sólo esperaba a ver en qué momento llegaba él.
Últimamente, se retrasaba mucho, pasados unos minutos de las 8.00h hacía su aparición. Depende lo que tuviese planificado para ese día entraba al despacho para comentar algo o bien sólo abría la puerta y daba los buenos días, en ocasiones hasta me dedicaba un guiño.  Entonces mi día comenzaba. Me podía dar por satisfecha.
Ahora quedaba esperar hasta la tarde a que volviera y se repitiera el mismo ritual. Mientras esa tarde llegaba, esperaba una llamada telefónica que diera pie a algún chiste simple que nos mantuviera conectados. No siempre se daba tal circunstancia así que había que esperar a que volviese de su jornada laboral y poder encontrar un mínimo espacio de tiempo en que poder comentar algo. Unas veces nos comportábamos más formales por estar rodeados de gente y otras, algo más desenfadados por conseguir quedarnos solos en el despacho.
Y así un día tras otro.

jueves, 10 de febrero de 2011

El hombre pequeño que no miraba a los ojos

Cuando lo conocí me pareció un tanto frío. Apenas entendía bien lo que decía ya que no vocalizaba y hablaba muy bajito. Tenía una voz que parecía perderse en la habitación, una voz como ahogada.  Un hombre gordito y mucho más bajito que yo. 
Antes de presentármelo ya me habían contado un poco su historia. Él era jefe de ese departamento, pero por motivos diversos ahora correspondía a otro. Había estado casi toda su vida laboral al frente de aquel despacho y bla, bla, bla. Todavía recuerdo cómo me miraba de reojo cuando nos presentaron.
Al poco tiempo volvió al despacho. Como jefe, claro.
Durante una temporada estuve aprendiendo.  Había buena comunicación tanto laboral como personal. Creo que trabajábamos bien. Ahora también, pero más forzado. Llegó en varias ocasiones a felicitarme y agradecerme el trabajo que estaba haciendo. Hoy pienso que eran formalismos.
Lo defendí porque pensé que era un hombre bueno.
Las cosas fueron cambiando.
Ahora sólo pienso que es un pobre hombre sin Valor. Tiene miedo a enfrentarse a los problemas y los deja arrinconados hasta que un día estallan.
Nunca olvidaré aquella mañana que llegué antes que nadie para expresarle lo que opinaba tras uno de esos estallidos y él, sentado desde su silla desgastada de respaldo alto ni siquiera me miró para contestarme. No despegó su mirada de aquella pantalla de 19’’ que era lo que identificaba al jefe del resto, que teníamos pantallas de 15’’.
Su respuesta fue simple y tajante: “esa es tu opinión”.  Y así zanjó la conversación que intenté tener con él.
Decepción fue lo único que sentí en aquel momento. Sentí haber echado por la borda muchos momentos, muchas defensas, muchos esfuerzos por hacerlo bien, muchas horas de trabajo no remuneradas, pero sobre todo mucha decepción por aquel hombre pequeño que pensé que me escucharía ya que jamás había dicho nunca nada. 
Hoy mi decepción se ha convertido en Indiferencia.

miércoles, 9 de febrero de 2011

El sol de invierno

Me dirigía a mi casa, aquella casa donde había pasado tantos años, tantas vivencias, tantos recuerdos. No me había mudado muy lejos, tan sólo un pequeño trayecto en coche. Sonaba el último disco de Jorge Drexler que me había regalado. Mi coche marcaba 14º y un dulce sol me iba acompañando todo el trayecto.
Es verdad que son las cosas pequeñas las que nos hacen sentirnos felices. Había olvidado este sol de invierno. Había olvidado lo perfecto que era salir una mañana luciendo el sol, calentándote e iluminándote. Era increíble pero lo había olvidado. Estar todo el día metida en una oficina con luz artificial y una ventana encarada hacia el norte es lo que hace olvidar.
Mientras cambiaba de carril, reducía marchas, aceleraba, frenaba, otro semáforo, un paso de cebra, una moto que quiere adelantarme por el arcén iba invadida por este sol espectacular. Y recordaba mi casa, siempre soleada. Ventanas bien abiertas para que entrara esa luz del día y sentada en una butaca para que te acompañara parte de la sobremesa. Lo había olvidado.
Efectivamente, mi nueva casa era bonita pero sombría en invierno. 
Los días de lluvia habían pasado y era el momento de este sol de invierno.

martes, 8 de febrero de 2011

El reloj

Miré la hora en aquel reloj negro que estaba sobre la mesita de noche y me di cuenta que era demasiado tarde para ir, demasiado tarde para volver, demasiado tarde para olvidar, demasiado tarde para corregir las palabras que salieron y las que quedaron dentro.
Me giré intentando volver a dormirme.
No lo conseguí.
Utilicé mil trucos: pensar en blanco, imaginar un espacio ideal, respirar profundamente para relajarme, me levanté para ir a la cocina a beber un vaso de agua, poco después me levanté para ir al baño.
No pude dormir.
Entonces me di cuenta que llegó el momento en el que debía tomar decisiones, o al menos intentar aclarar lo que quería. Había confusiones en mí que me acompañaban día y noche.
El amor, el trabajo, ese otro amor platónico que cada día me alentaba más, dónde vivir, el ir de aquí para allá…
No me entiendo. Siempre he sido cabal y ahora estoy perdida en un laberinto.
Camino buscando mi salida.

lunes, 7 de febrero de 2011

La caja verde de ikea

Era uno de esos domingos perfectos. Había dormido todo lo necesario y más, había desayunado tranquilamente frente a aquella ventana de la cocina donde veía el tranvía pasar mientras un sol cálido de invierno me seducía. Entonces pensé, es el momento perfecto para ordenar.
Manos a la obra, me dispuse a poner orden a todos aquellos libros que estaban esperándome desde hacía algún tiempo después de ser leídos. Querían volver a aquellas estanterías. Luego pasé a rebuscar entre los cajones para desechar lo que no usaba (que era mucho) y organizar lo que sí utilizaba (que actualmente, era más bien poco).
Y llegó el momento. Encontré la caja verde que había comprado algunos años atrás en ikea. Aquella caja verde era mi particular baúl de los recuerdos. Allí iban a parar todas las cartas recibidas, las fotos sin álbum, las notas bonitas, las postales, las tarjetas de felicitación, colgantes, pulseras, TODO lo que suponía algo importante en mi vida.
Cada vez que encontraba algo, iba asombrándome de lo que era capaz de guardar, iba montando en mi cabeza toda mi vida. Aquellos pequeños momentos reunidos allí suponían un gran puzzle que durante todo este tiempo me habían construido.
Fue entonces cuando me di cuenta de cuánto tiempo había pasado, de cuánto me había reído y cuánto también, había llorado. De la gente que seguía  a mi lado y la que quedó por el camino.  Sus frases, sus miradas, sus caricias...
Es increíble.
Lloré, lloré mucho, hacía muchísimo tiempo que no lo hacía y después vino la calma.
El sol seguía abrazándome. Iluminaba toda la habitación.
Volví a dejar todo aquello en la caja verde de ikea tal como lo había encontrado, ocupando cada mínimo espacio de aquél baúl de mis recuerdos.

jueves, 3 de febrero de 2011

La amiga

-Disculpe, me habré equivocado. Y finalicé la llamada.
Me quedé mirando unos instantes la pantalla del móvil con cara extrañada. No comprendía nada. Aquél nº de móvil lo tenía desde hacía una eternidad y aunque últimamente no manteníamos ningún contacto, siempre pensé que si lo cambiaba, me avisaría.
La conocí en el colegio pero fue años después cuando coincidiendo en el instituto estrechamos más los lazos y podría decirse que nos convertimos en amigas. Aunque cada una siguió una rama distinta (ciencias y letras) y más tarde en la universidad, siempre mantuvimos el contacto. Quizá menos de lo que a mí me hubiera gustado pero pese a todo llegamos a esa amistad tan fuerte en la que con sólo mirarnos entendíamos lo que queríamos decir. Coincidíamos en opiniones y nos apoyábamos cuando las cosas iban mal.
Todavía recuerdo cuando en mi primer coche hablábamos de amores imposibles y qué desafortunadas éramos. Cuántas charlas, cuántos  momentos, cuántos cumpleaños y navidades juntas.
Qué pasó? Todavía no lo sé. Simplemente pasó, el tiempo fue abordando cada uno de los momentos que teníamos y las llamadas sin contestación, los mails sin respuesta y los sms perdidos en la inmensidad fueron lo habitual.
Pasado algún tiempo pensaba, quizá sea yo que soy algo exigente y no ha tenido tiempo, no ha podido... volvía a llamar o intentar comunicarme y entonces es cuando me arrepentía de haberlo hecho ya que seguía todo igual.
Y así hasta ahora, cuando fui a llamar y ese nº ya no le pertenecía.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La cena

Enfundada en aquél vestido rojo que compré en Mango en la anterior temporada y unos zapatos peep toe negros me presenté en la cena. Llevaba el pelo suelto y algo alborotado (intencionadamente) para cambiar el estilo rutinario de coleta y vaqueros y más maquillada de lo habitual.
Hacía ya un año que por cuestiones económicas no se celebraba cena de empresa.
Llegué un poco retrasada porque me costó aparcar y además iba sola. Menos mal que conocía el restaurante, sino estaba perdida. El compañero con quien iba habitualmente no pudo ir y me avisó a última hora. Ni corta ni perezosa decidí ir sola.
En el trayecto de camino al restaurante me convencía de lo estupenda que estaba con aquél vestido, era sencillo y perfecto. Cuello redondo, manga corta y cinturón que marcaba mi figura. Los zapatos eran espectaculares, con tacón altísimo y fino. Unas medias caladas y un abrigo negro completaban mi atuendo. Con la seguridad de estar divina entré al restaurante. Fue una entrada triunfal. Estaba ya la mayoría de gente sentada, miré rápidamente las mesas para ver si alguien se dignaba a hacerme una señal para indicarme sitio vacío ya que mi miopía no me permitía distinguir mucho pero así de pronto no pasaba nada. Para mí pasó una eternidad hasta que oí que me llamaban. Me giré y vi a un compañero de oficinas que hacía señas. Menos mal. Fue entonces cuando empecé a notar las miradas clavadas en mí que seguían mi recorrido. Llegué a mi asiento y me quité el abrigo. Con una sonrisa amplia agradecí el gentil gesto de aquél compañero informático.  Entonces me sentí segura. Mi espectacular vestido dejó obnubilados a la mayoría de comensales que quedaron con cara de sorpresa al verme. No era para menos, aquél color rojo sangre lo iluminaba todo. Al sentarme eché una rápida mirada alrededor y vi a mi compañera de despacho mirándome fijamente. Y después vi a otras dos cómo comentaban sobre mí, los cuchicheos eran varios. Hasta los chicos me miraban directamente y me saludaban con una sonrisa.
Transcurrió la noche excepcionalmente perfecta. Me senté en la mesa apropiada, gente con buen humor. Me reí mucho y más.
Una vez terminada aquélla cena y hecho el brindis la gente empezó a moverse. El “dónde vamos” se oía por todos los rincones. Yo tenía ganas de ir a tomar algo y bailar hasta cualquier hora pero este año estaba totalmente sola. Con mis compañeras no iba  a ir porque a parte de no tragarme esa noche les corroía la envidia. Lo captaba en sus miradas. Esas miradas directas que sabes que van a ser motivo de muchas conversaciones de cafés y cigarrillos por los rincones de la empresa.  Y con los chicos yo sola tampoco iba a salir, porque aunque tenía unas ganas locas, parecería impropio el ir una sola chica con tanto hombre. Con esa situación me aproximaba hasta la puerta hablando con los pocos que aún me dirigían la palabra. Aún así, hubo mucha gente que se acercó a mí para ver bien mi modelito, bien disimuladamente o bien directamente, ellas y ellos fueron pasando a mi alrededor. Hasta los jefes me dedicaron unos instantes. Y yo me iba creciendo.
Fue entonces cuando él se dirigió a mí. Me halagó el look que llevaba aquella noche y me preguntó si iba con ellos. Entre risas y tonterías le planteé que quizá quedaba algo raro que fuese yo sola con todos ellos, lo que suponía que el resto de la empresa aún hablara más de mí si cabe y por supuesto también les incomodara a ellos en sus oportunidades amorosas que surgieran esa noche. Aún así insistió.
Y me dejé llevar.
Fuimos los dos coches hasta una zona cercana para aparcar mi coche e ir los dos juntos en el suyo. Teóricamente no era la mejor opción dado que él había bebido algo y yo tenía un recorrido algo largo  para volver a casa pero no pude resistirme a tal oportunidad.
Debo reconocer que la situación me ponía algo nerviosa, se me secaba la boca,  las manos las tenía frías y mi voz flaqueaba un poco. Una sonrisa tonta me acompañaba en todo intento de conversación. Tuvieron que pasar más minutos de los que me hubiese gustado para tranquilizarme. Creo que él sentía algo similar, no habíamos estado a solas nunca, aunque hubiese alguna que otra conversación privada aprovechando la entrada y salida del despacho de los demás compañeros. No sé de qué hablamos, sólo sé que llegamos al sitio. Estuvimos esperando un momento en al puerta hasta que sonó su móvil. El resto del grupo iba a retrasarse un poco porque se habían perdido. Decidimos entrar al local. Me tomó por la cintura y entramos. Estábamos solos. Pedimos algo para beber. Al tiempo llegó el resto de gente. Me sentía exultante. Todo el mundo tenía algo que decirme. Estaba feliz.
Y bebí y me dejé llevar. La música, las luces y él. Nuestras miradas se cruzaron en varias ocasiones y sonreíamos. Creo que fue unas de las noches más memorables de todas las que he tenido.

martes, 1 de febrero de 2011

El regalo

Sentada en aquella silla azul giratoria abrí el primer cajón y allí lo encontré. Unos caramelos y una nota. Efectivamente, se había acordado de mí.
La verdad es que estuve desde el viernes pensando en ello. Desde que me dijo que encontraría unos caramelos en mi primer cajón cuando viniese el lunes, no pude pensar en otra cosa. Quizá me hubiese gustado olvidarme para así llevarme la sorpresa pero no pude hacerlo. Todo el sábado, el domingo e incluso el lunes al despertarme se repetía la misma idea. Ya de camino hacia aquélla silla, seguía pensando en ello y dialogando conmigo misma: a lo mejor se ha olvidado o no ha podido comprarlos. A lo mejor no hay nada y me he interesado más de lo normal por esa “promesa”.
Cuando llegué aún seguía dialogando sobre ello, me resistía a enfrentarme con la situación. ¿Y si me había ilusionado como una niña pequeña en la noche de reyes?
El caso es que allí estaba. Primero vi los caramelos y unos segundos después descubrí la nota. Aquel pos-it pegado sobre mis folios de apuntar notas. Sin duda, se había acordado de mí.
Estuve toda la mañana intentando pasar aquellos caramelos a mi bolso sin que nadie me viese. No conseguía estar sola en el despacho para hacerlo. Y toda la mañana también intentando encontrar la oportunidad de agradecer el detalle. ¿Lo llamo, no lo llamo, espero a la tarde, le envío un sms?. Pasó la mañana y finalmente a hurtadillas busqué su nº de móvil y lo apunté en el papel disimuladamente hasta que pude enviar el mensaje agradeciéndole el detalle. 
Luego la espera. ¿Responderá o no? ¿Me dirá algo por la tarde?. Sí respondió al mensaje unos minutos después.
Desde ese momento empecé a recordar las situaciones en las que estaba él implicado y me di cuenta que fue el único que se dio cuenta del día que estuve realmente mal y quien intentó animarme. Me di cuenta que le importaba lo que me pasaba porque intentó hablar conmigo en varias ocasiones. Y me escuchó.  Desde entonces la mirada de complicidad ha estado siempre presente.
Ahora espero encontrarme con él en cualquier rincón.